JÓVENES ESCRIBEN RELATOS Y PUBLICAN CON LA AYUDA DE PROFESORES QUE CREEN EN ELLOS

En varias ocasiones he visitado el IES Jándula para trabajar la palabra vinculada con alumnado y profesorado. Un día, me ofrecieron que hiciera el prólogo del VI Concurso de Relato Corto, y me sentí vivo al hacerlo porque creo en estas iniciativas. Por si alguien quiere leerlo…

UNA ESCRITURA VERDADERA

Quienes han escrito estos relatos superaron la etapa infantil hace ya tiempo, pero todavía no son considerados personas adultas. Viven lo que se llama la adolescencia. Como suelo encontrar bastante gozo en buscar los significados de palabras cotidianas que creía conocer para alcanzar el regocijo de la sorpresa, busco y encuentro que en el diccionario de la RAE adolecer significa: “Caer enfermo o padecer alguna enfermedad habitual, tener o padecer algún defecto” y que el María Moliner también habla de “caer enfermo, tener cierta imperfección…” (no deja de ser extraño que las personas adolescentes no sepan qué significa realmente adolecer). Vale que lo que conocemos como adolescencia no es exactamente lo mismo, pero perfectamente se le hubiera podido dar otro nombre a esta franja tan crucial de nuestras vidas. Es una etapa difícil, caótica, pero sin la cual los seres humanos no progresaríamos y seguiríamos viviendo como en la Edad Media. Parto de aquí porque lo más seguro es que estos escritores adolescentes (mujeres y hombres, aunque quizá más mujeres que varones) sean jóvenes más bien desvaídos, casi sin rasgos propios visiblemente significativos de los que se sientan orgullosos y que su comunidad (padres, amigos, profesores…) valore. Quizá ya sepan de la soledad y el silencio, del dolor de la incomprensión, e intuyan un potencial desbocado y desconocido que llevan muy dentro. Sin embargo, al escribir relatos son tan audaces… Lo son porque hablan de la vida y lo hacen a su manera, con metáforas, con sueños, con un punto de esperanza, con una autoridad arrancada al pesimismo y la fatalidad. Parecen decir con Whitman: “Yo me celebro y yo me canto./ Acepto con todo mi corazón y mi gratitud lo que la naturaleza ha hecho por mí./ Y me complazco/ y me alegro”. Sí, al escribir, estas personas adolescentes muestran autoridad, y lo hacen con una alegría clara, con una decisión conmovedora.

Aunque no sean los mejores escritores, al escribir relatos creen y demuestran que la concisión, la claridad y la espontaneidad son cualidades indispensables para hablar sinceramente de la vida. De ella hablan en sus cuentos, y lo hacen desde el corazón. Ya Eudora Welty señalaba que “toda verdadera audacia comienza en el interior”. Son tan audaces que, durante el tiempo en que leemos sus textos, consiguen asumir el mando provisional de nuestra atención, y, por momentos, hasta nuestra voluntad misma. Usan las palabras para producir placer (lo logren o no), y buscan la belleza y que quienes lean sus relatos vuelvan a la vida renovados, porque en el fondo, al escribir cada palabra, al corregir sus textos, al hacer público algo tan íntimo, creen muy sinceramente, y lo demuestran, que el efecto general de la ficción debería ser el efecto de la vida sobre la humanidad. Benditos sean por ello.

Escribiendo, hablan osadamente de la vida. Mencionan fronteras que han de superar, huyen de lo que no les convence, buscan lo que verdaderamente desean, se declaran únicos, con poderes especiales para luchar contra la barbarie en la que viven, hablan de refugios, de casas… “Si nos preguntan cuál es el beneficio más precioso de la casa, diríamos: la casa alberga el ensueño, la casa protege al soñador, la casa nos permite soñar en paz”, dice Gastón Bachelard en La poética del espacio.

Están “en medio del camino aprendiendo a utilizar las palabras”, como decía el poeta Eliot en East Coker: “y es cada intento un comienzo totalmente nuevo/ y un fracaso de orden completamente distinto/ porque solo se aprende a dominar las palabras/ para decir lo que uno ya no quiere decir/ o para decirlo como a uno no le gusta/ ya decirlo. Así cada empresa es comenzar de nuevo”. Son jóvenes, se caen, se levantan, tienen potencia, impotencia, están hastiados de tanta barbarie y se han decidido a escribir. Aprenden escribiendo y no les asusta la torpeza (rara vez es ligera la torpeza. La auténtica insiste, se empecina, pretende que la amen), porque se dicen: “Si deseamos vivir, no momento a momento, sino siendo realmente conscientes de nuestra existencia, nuestra necesidad más urgente y difícil es la de encontrar  un significado a nuestras vidas”, que es lo que escribió Bruno Bettelheim en Psicoanálisis de los cuentos de hadas. Tanto saben sin saberlo…

No conocen a Jean Paul Sartre, pero hablan de dilemas, lo mismo que él en Un teatro de situaciones, que sostiene: “El sustento central de una pieza (teatral) no es el personaje expresado con `expertas palabras de teatro´ y que solo constituyen nuestras propias protestas (…), sino la situación (…) Lo más conmovedor que puede mostrar el teatro es una personalidad que se está formando, el momento de la opción, de la decisión libre que compromete una moral y toda una vida. La situación es una llamada; ella nos cerca, nos propone soluciones; debemos decidir nosotros. Y para que la situación sea profundamente humana, para que ella ponga en juego la totalidad de la persona, cada vez hay que presentar situaciones-límite, es decir, aquellas que presentan alternativas, una de las cuales es la muerte. De este modo la libertad se revela en su más alto grado, puesto que acepta perderse para poder afirmarse”.

Auden afirmaba que un poema es un simple “artefacto verbal”. Afirmo yo ahora que quienes escriben estos relatos, aunque no sean poesía, son activistas de la vida que usan sus escritos como verdaderos artefactos verbales. Hacen mucho con poco. Al menos, se resisten y hacen, justo cuando los adultos permitimos la barbarie. Al usar la ficción, creen y demuestran que el mundo puede ser de otra manera. Los adolescentes que lo saben ya no renuncian a ella (a la escritura, pero tampoco a la autoridad arañada), y trabajan para mejorar la identidad del relato mismo, que encarna y representa algo decisivo de la vida, de sus vidas, que las quieren verdaderas. Borges y Pizarnik decían que un buen escritor se reconoce por la verdad o la falsedad de sus imágenes y Unamuno señalaba que “verdadero es aquello que nos hace vivir”, y es justo lo verdadero lo que realmente busca esta gente joven cuando escribe relatos.

Son héroes que afrontan tareas libremente asumidas. Imagino a sus profesores como sus ayudantes (Greimas en su famoso esquema actancial siempre hablaba de actantes oponentes, actantes ayudantes…). Pienso que un profesor de lengua y literatura bueno no es aquel que se limita a desempeñar bien la asignatura, sino quien da a la comunicación verbal con los alumnos ese fervor, esa gracia y esa vivacidad que ayuda a que amen el lenguaje por encima de todo, esa persona que interrumpe sus clases para algo tan simple como conversar con sus alumnos. Quizá en esas conversaciones hagan como Borges, que recomendaba a los suyos dejar aquellos libros cuya lectura no significara para ellos ningún placer o ninguna posibilidad de identificación. Al final, lo que importa es que los jóvenes tengan conciencia de los recursos que ofrece el lenguaje para la restauración de su identidad, de su autoestima, de su bienestar cotidiano, de su intimidad, de su porvenir, que sepan que el lenguaje es un recurso inalienable e irrenunciable y que la escritura es una manera posible de usarlo. Y con su escritura estos jóvenes demuestran que el lenguaje es una fuente de sabiduría al alcance de todos. Me alegro tanto de que escriban, me alegro tanto de que sus profesores crean en ellos y les ayuden a publicar sus textos… Esos profesores de lengua y literatura tan poco valorados hoy día (los homenajeo en estos tiempos difíciles de codicia y desprecio a la cultura, como a todos los que verdaderamente creen en la educación) coinciden, aun sin conocerla, con Agustina Bessa-Luís cuando dice en Contemplación cariñosa de la angustia que “el lenguaje da sentido al trabajo, retiene al hombre en las orillas de la vida y atenúa la llamada de la muerte”, y debiéramos reconocer su labor de ayudar a sus alumnos a cuidarlo para que sea agradable al oído y correcto en su forma.

He hablado en este prólogo de estos artistas adolescentes, que saben que escribiendo pueden ir donde quieran, pues este planeta, como las palabras, es de todos, y que disfrutaran de la vida que les brinda la literatura. He hablado también de sus profesores. Pero no estoy hablando de literatura, sino de la vida misma, de la obra que tenemos que hacer al construirla día a día, gesto a gesto, ayudándonos de las palabras para crear vínculos sinceros, para afrontar el dolor, que no es otra la tarea de la literatura, ese bálsamo de Fierabrás que existe de verdad y nos recompone.

Italo Calvino, escritor sencillo, intenso, pulcro, decía en Seis propuestas para el próximo milenio (ya estamos en él) que “la obra verdadera consiste no en su forma definitiva sino en la serie de aproximaciones para alcanzarla”. Le interesaba más “el proceso de búsqueda que el acabar un texto para publicarlo”. Seamos conscientes de que aquí estamos, en medio del camino, como Ulises, aprendiendo a usar las palabras, la vida…

http://www.juntadeandalucia.es/educacion/webportal/web/revista-andalucia-educativa/noticias/-/noticia/detalle/nunca-pense-que-podria-escribir-2

Portada libro relatos IES Jándula

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Acerca de Antonio Rodríguez Menéndez

Estudié Sociología y Magisterio. Soy actor, director de teatro, dramaturgo y profesor de escritura creativa, entre otras cosas. En 2003 fundé el Proyecto Fahrenheit 451 (las personas libro) y la Escuela de Lectura de Madrid, de la que deriva La voz a ti debida, todos ellos proyectos para el fomento de la lectura y la defensa de los libros.
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